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Sexo con Esther / Que ellos no tengan ganas no siempre quiere decir que tienen otra PDF Imprimir E-mail
Escrito por Esther Balac   
Domingo, 22 de Noviembre de 2009 12:47

¿Qué ocurre si es él quien no tiene ganas, rehuye nuestra cercanía o nos sale con que le duele la cabeza? Esta apatía nos genera preocupación y reaccionamos incluso en formas insospechadas.

 

A las mujeres nos resulta fácil encontrar excusas cuando no tenemos ganas para que bajo las sábanas los señores no se atrevan ni a rozarnos: "Estoy cansada", "El niño está llorando", "Tuve un día pesado" y hasta la desgastada queja del dolor de cabeza siempre están a la mano para darnos media vuelta y dejarlos mirando hacia el techo.


Por supuesto, jamás escuchamos réplicas y, por lo general, a la hora de las explicaciones, no vamos más allá de un seco "¿No entiendes que no tengo ganas?". Eso tiene que ser suficiente para que se queden quietos, a no ser que quieran convertir la cama en un tinglado. Ellos tienen que entender, y punto. Así somos.


Pero en el caso contrario, la desconfianza que nos invade nos lleva a pensar que la intimidad de él cambió de domicilio y que ahora reparte cariño en otra cama. La puñalada a un valor que para muchas mujeres es fundamental, la fidelidad, casi puede sentirse en esos momentos. En adelante todo lo que él diga, haga o deje de hacer confirmará la teoría: se acuesta con otra.


Lo peor del asunto es que eso nos aburre, nos deprime y nos aleja. Ahí aparecen los reclamos y, claro, la negación de ellos: "¿Estás loca?". No les creemos. La imaginación sigue volando y la cosa empeora. De ahí a la debacle sólo hay un paso.


Pues les tengo una noticia: que ellos tengan pereza en la cama no quiere siempre decir que estén gastando energías en otra. Lo que sucede es que como siempre alardean de ser unos titanes del ombligo para abajo, nunca se nos pasa por la cabeza que ellos también se aburren, se rutinizan y se distancian.


Nos toca empezar a entender que somos iguales y que para un buen polvo se necesitan dos, así que la solución a estos problemas está en nuestras manos.


Dejemos la cantaleta y pensemos en innovar, en hablar. A veces nos olvidamos de que somos las responsables de atraer al marido: recordemos que los hombres son absolutamente visuales, por lo que a veces es necesario hacer cambios, arreglarnos el cabello, abrir un poco más el escote, variar los escenarios. Por un día no le hable de cuentas y mucho menos de su mamá. Pruébese, siéntase una gata, atráigalo. Créanme que por desganados que estén, algo ayuda.


Ahora, esta no es una invitación al autoengaño. Si sienten que sus sospechas no son infundadas, actúen sin maltratarse y sin maltratar.


Mientras tanto no se dejen ganar por la paranoia. Seduzcan. Yo he llegado hasta meterme con tacones altos en la cama, sólo para mantenerlo activo. Y que funciona, funciona. Hasta luego.

El Tiempo

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Última actualización el Domingo, 22 de Noviembre de 2009 13:23
 

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